Como os decía ayer estamos apurando las últimas horas en Katmandu y ahora puedo escribir algo más extenso. ¡Hace tiempo que no tenía tantas ganas de estar en contacto con la civilización! Manejo sentimientos de todo tipo, de cansancio, de decepción, de tristeza, pero uno muy grande sobresale: necesito tiempo para mí, para olvidar todo, quiero centrarme en mí, en volver a casa, y en los míos. No quiero hablar, ni pensar, ni leer nada más de todo lo ocurrido estos últimos días. Todo ya ha pasado y ahora cerremos el libro del Everest por este año, dejémoslo en la estantería de los recuerdos y quizá lo abramos el año que viene, pero eso sí, en unas paginas nuevas, para escribir una nueva historia.

Los últimos dos días en el campo base fueron raros. Ya no quedaba nada, sólo las ultimas expediciones recogiendo, casi todas comerciales, Russell, los hermanos Benegas y nosotros. Estuvimos todos muy en familia y fue raro. Todo lo ocurrido nos había unido mucho y cuando estábamos desmontando el campo base tenía esa sensación de que todo se terminaba y no quería, no quería, alejarme de ellos. Es como cuando éramos adolescentes y nuestros padres nos enviaban a un campamento y el día de regresar llorábamos por que ya nos despegábamos de nuestros amigos. La sensación era igual. Nosotros nos volveremos a ver, seguro, en otra ocasión, pero era algo realmente especial.

Salimos del campo base el día 27, hemos caminado durante tres días hasta llegar a Lukla, donde hemos cogido una avioneta a Katmandu. La bajada fue rápida, larga y dura, lo que nos había costado subir en una semana, lo bajamos en tres días. Poco a poco, a medida que nos acercábamos, nos fuimos relajando, sobre todo cuando llegamos a la zona verde, cuando vimos los campos con vida, los árboles, sentimos el olor… Entonces la sonrisa fue apareciendo en las caras del equipo y esto me relajó mucho. Todo el mundo estaba tranquilo y, es increíble, es ese el momento cuando salen los nuevos proyectos, cuando empezamos a soñar. Es muy fuerte, pero es verdad, antes de llegar a Lukla para coger el avión a Katmandu, ya había proyectos para el año que viene. ¡Biennnnnnnnnn! Esta es nuestra vida, esto es lo que nos gusta, lo que nos hace felices, por ello merece la pena vivir y seguir con ilusión. Esa pasión, es la que nos hará volver.

Ahora en Katmandu, más relajados, hemos vuelto a reunirnos con todos nuestros amigos de campo base. Ha sido divertido, ayer hicimos un asado argentino en la terraza de un hotel de unos amigos. Estuvo divertido y estaba todo el mundo. Mirabas y todo el mundo se lo estaba pasando bien porque todos estábamos relajados y disfrutando del final. Es muy grande poder vivir todo estas sensaciones en la vida.

Mañana por la tarde cogemos por fin el avión hacia casa y, como os dije, el viernes por la mañana ya estaremos en casa. Everest de este año se terminó. Todo el equipo os queremos daos las gracias por estar junto a nosotros. En esta ocasión no os hemos podido traer la cumbre, la montaña tiene eso, algunas veces deja y otras veces no. No tenemos excusas de ningún tipo por no subir, no hemos subido por que no debía ser el año para nosotros. Lo que está claro es que, seguiremos entrenándonos, seguiremos soñando, y si nos lo permiten seguiremos escalando. ¡Que es lo que nos hace feliz y nos da sentido a nuestras vidas!

Gracias a todos los que nos habéis seguido y apoyando. Y perdón para todos aquellos a los que no os gusta lo que hacemos, pero la vida hecha para gustar y para no gustar. Por lo que en definitiva gracias a todo el mundo.

Con mucho cariño